De las cáscaras de gamba al diseño de sabores: el camino de Nacho, nuestro chef

En Alboka no cocinamos platos, cocinamos historias, y casi todas empiezan en la cabeza de Nacho.

Una cabeza que no nació queriendo ser chef, pero que desde niño ya tenía buen ojo (y buen diente). Su abuela guisaba con mimo, su padre con estilo, y en su casa se comía como si siempre fuera domingo.

Así aprendió una de las cosas más difíciles de la cocina: tener paciencia y gusto por lo bien hecho.

Su vida, su mano y su paladar están forjadas de recuerdos, como el pastel de chocolate de su madre que fue su primer contacto con una cocina. Pero fue solo eso, un contacto, un recuerdo, porque la profesión empezó como empiezan muchas grandes historias: desde abajo, recogiendo cáscaras de gamba del suelo en una cocina de Londres.

No suena muy glamuroso, pero fue ahí donde empezó a picarle el gusanillo, donde entendió que algo dentro de esas paredes tenía magia.

Luego vinieron Marruecos, Córcega, Italia… Sabores, técnicas, maneras de entender el mundo. En Marruecos descubrió la alquimia de las especias. En Italia entendió lo que es el respeto absoluto por el producto y por quienes lo cultivan. Y también fue allí donde conoció a Massimo Spigaroli, un maestro que le enseñó que el amor por la tierra es la base de todo.

Y entre viaje y viaje, entre cocina y cocina, Nacho fue afinando su instinto. No busca la perfección de escuela, busca el sabor que emociona, el bocado que no se olvida, el gesto del comensal al llevarse la comida la boca que vale más que cualquier verdad y que cualquier mentira. El plato que parece sencillo pero tiene detrás años de fogones, de errores, de aciertos, de intuición y de muchas preguntas sin respuesta.

Nacho es un tipo con instinto, porque lo vemos cada semana cuando llega de la huerta y empieza a crear con lo que haya. Porque no se rinde. Porque no se conforma. Porque cree que siempre se puede hacer un poco mejor, aunque aún no sepa cómo.

Y por eso su cocina no impone, no pretende. Quiere que disfrutes, que vengas a Alboka, te sientes y comas bien. Que no sea una experiencia de museo, sino un rato en el que el tiempo se detiene porque lo que hay en el plato está realmente bueno.

“No queremos un restaurante con ego, queremos una casa de comidas con alma”. Y eso es Alboka: una casa donde se come lo que toca, lo que está en su momento, lo que el chef transforma en algo que hay que probar, porque detrás hay años de aprendizaje, de viajes, de cáscaras de gamba y de pastel de chocolate.

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